la mano y el bosque
En un bosque de un país tropical, llegó hace ya algún tiempo una mano. Una mano sola, desprendida del resto del cuerpo y que buscaba encontrarlo. Sólo reuniéndose con él se desharía el conjuro.
Nada más entrar en el bosque, encontró unos árboles de troncos retorcidos y raíces testarudas que luchaban por no quedar enterradas. Los árboles la invitaron a acariciar sus troncos, sus arrugas milenarias y cuando la mano iba pasando por encima de ellos, le empezó a crecer el brazo.
Más tarde, los pájaros que habitaban las ramas de aquéllos árboles, hablaron con ella y la preguntaron si sabía escuchar. La mano respondió que no tenía orejas y que no podía, pero los pájaros la dijeron que habia muchas maneras de escuchar y que estuviera atenta. Nunca entendió muy bien cómo, pero escuchó a los pájaros cantar, una melodía casi silenciosa y enseguida creció juntó a la mano y el brazo, el torso de una mujer que se iba haciendo más definido.
Siguió un camino por el bosque y más tarde, encontró una colonia inmensa de hormigas gigantes. De una a una, se pasaban unas cáscaras de algún fruto del lugar y con mucha disciplina las cargaban hasta su nido. Una de ellas, la que organizaba todo el pelotón, se interesó por aquel cuerpo de mujer a medias y la preguntó si sabía lo que era la paciencia. No supo que contestar, de hecho no estaba preparada para contestar preguntas como aquélla y la hormiga reina la invitó a que la siguiera, recorriendo todo el camino del bosque, para llevar una minúscula cáscara, desde una punta del bosque hasta su nido. Después de mucho tiempo y de mucha calma llegaron a su destino, nunca se escuchó una queja por su parte, al contrario, ya sabía acariciar, ya sabía escuchar y ahora estaba aprendiendo a esperar. Le salió el otro brazo con su mano y un cuello hermoso que sostenía una cabeza con gran dignidad.
Llegó la noche y con ella la parte más oscura del bosque. Los animales más peligrosos salían a defender su territorio y entre ellos, estaba el lobo que con sus ojos rojizos y brillantes, salió a su paso. No habló con ella, sólo la miró con sus ojos penetrantes y en aquella mirada había un reto. Ella estaba asustada, de haber tenido piernas hubiera salido corriendo, pero ¡ni eso podía hacer! Sólo podía seguir hacia delante y pasar por su lado. Empezó a moverse lentamente, sin apartar su mirada de la del lobo y cuando llegó a su lado, éste agachó la cabeza. Ella lo acarició con su mano y recuperó todo su ser.



